El joven aprendiz de pintor

Una de las cosas que más me gusta de Sabina es la capacidad que tiene de retratar a personas anónimas, darles protagonismo absoluto dentro de alguna canción y conseguir que seamos capaces de ponerles rostro una vez escuchada. No es algo nuevo, ni muchísimo menos, de hecho esta canción la podemos escuchar desde los tiempos en los que actuaba escoltado por los Viceversa. El fondo de esta canción es poner sobre la mesa las diferentes actitudes de diversas personas, antes y después del éxito. Resulta asombrosa la clarividencia que tuvo en su momento, ya que apenas había llegado a la primera plana musical, para darse cuenta de lo que le rodeaba, y lo que se le vendría encima.
“El joven aprendiz de pintor que ayer mismo,
juraba que mis cuadros eran su catecismo,
hoy, como ve que el público empieza a hacerme caso,
ya no dice que pinto tan bien como Picasso.”

“El torpe maletilla que hasta ayer afirmaba,
que con las banderillas nadie me aventajaba,
ahora que corto orejas y aplauden los del siete
ya no dice que cinto tan bien como Antoñete.”
El primer personaje que tenemos es el más cercano de todos, el que ha estado contigo desde el principio y ha visto tus inicios. Quizá por eso sea el primero al que consigues decepcionar, y en cierto modo te sientes en deuda con él. Cuando todo el mundo se sube al carro es cuando tienes que saber quien estaba antes de que empezase a rodar. También será el primero en darte palos, y eso no siempre se acepta, sobre todo cuando la gran mayoría te está tirando flores. Es la típica situación en la que se dice que alguien se ha endiosado y se ha olvidado de sus raíces. No obstante, cuando se produzca el ocaso será también el único que no dará la espantada.
“En cambio la vecina que jamás saludaba,
cada vez que el azar o el ascensor nos juntaba,
vino ayer a decirme que mi última novela
la excita más que todo Camilo José Cela.”
Continuamos con el que más me irrita a mí personalmente. No hace falta ser un cantante de éxito para experimentarlo. Son los llamados oportunistas, por tratarlos bien. Basta que tengas algo que ellos envidien, o simplemente se acercan a ti para tener una foto con la que fardar posteriormente (aunque no sepan ni como te llamas, a pesar de estar hartos de verte). Normalmente te sueles tragar todo lo que piensas de ellos, sonríes y a otra cosa mariposa. Pero hay otros que no, ante los cuales yo me quito el sombrero. Ahora mismo se me viene a la cabeza la figura de Fernando Alonso, un hombre exitoso a más no poder que no se ha dejado llevar por los aduladores de turno. Sí, eso no vende, te crea una mala imagen para los amantes de lo “políticamente correcto”, pero tu integridad como persona se mantiene intacta.
“¿Y qué decir del manager audaz y decidido
que no me recibió, que siempre estaba reunido?
Hoy, moviendo la cola, se acercó como un perro
a pedir que le diéramos vela en este entierro
Y yo le dije: no,
No, no, no, no, no, no
Ya está marchita
La margarita
Que en el pasado he deshojado yo.”
Estos también tienen tela, los "entendidos”, y desgraciadamente los que te pueden abrir mil puertas o darte un portazo en las narices con la primera que intentes abrir. Muchas veces se preocupan tanto de fabricar “el producto perfecto” (que diría Risto Mejide), que son incapaces de atender a aquellos artistas anónimos que sacan oro a base de trabajo, y sus sueños dependen de la voluntad del engominado de turno. Hoy en día hay muchísima animadversión hacia la SGAE y a los artistas que defienden sus derechos bajo dicha asociación. Sin embargo nadie se acuerda de que los porcentajes más altos de los contratos que firman van a manos de los que menos talento musical tienen de toda la industria.
“La propia Caballé que me negó sus favores,
La diva que pasaba tanto de cantautores
Llamó para decirme: “Estoy en deuda contigo,
mola más tu Madrid que el Aranjuez de Rodrigo.””
Este caso ya me pilla a mi más lejano, pero estoy seguro de que es bastante común. Los artistas consagrados, o al menos los que piensan que lo están, muchas veces no se paran en fijarse en los que están empezando. Hay honrosas excepciones en las que actúan como padrinos, pero los y las divas suelen ser mayoría. Lo más curioso de todo es cuando se da la vuelta a la tortilla, y son ellos los interesados en arrimarse a esos ilusos desconocidos que se han convertido en ídolos de masas. Es lo que se suele conocer como, tragarse el orgullo, y en casos más extremos, las palabras.
“¿Y qué decir del crítico que indignado me acusa
de jugar demasiado a la ruleta rusa?
Si no hubiera arriesgado tal vez me acusaría,
de quedarme colgado en calle Melancolía
Y eso sí que no,
No, no, no, no, no, no,
Ya está marchita
La margarita
Que en el pasado he deshojado yo.”
Respecto a los críticos musicales ya di mi opinión en una entrada, pero no está de más recordarlos un poquito. Si ya los managers se creen capaces de andar sobre las aguas, estos señores se sitúan por encima del bien y del mal, y se creen poseedores de la verdad absoluta. Muchas veces pienso que cobran por incentivos, y esos incentivos consisten en arrasar con todo lo que pasa por sus manos. No solo consideran que la perfección es un grado que jamás se puede otorgar, si no que alabar un producto puede ser interpretado como una bajada de pantalones. Conclusión, si hoy te critican por blanco, mañana lo harán por negro y pasado por gris.

Estoy seguro que después de muchos años en lo más alto, si Joaquín reescribiera esta canción descubriría nuevos personajes, pero la esencia sería la misma. Los tiempos cambian, pero las personas no.

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